Queridos Amigos y Parientes
Supongo que muchos de ustedes se habrán hecho alguna vez una operación, y se habrán sometido – débiles – al manoseo y la voluntad de quienes han estudiado para hacerse cargo de uno cuando estamos en estado de convalecencia.
No queda más que confiar, queridos amigos y parientes. Confiar a ciegas en las buenas intenciones de quien en plena madrugada te pide que “levantes el potito” y te enjabona las partes pudendas como si supiera que no tienes otra alternativa más que dejarle y, concluido el lavatorio, agradecerle por su pulcritud, por haberse cortado las uñas, o por no haber hecho ningún comentario… o por lo menos ninguno desagradable. En esos momentos de “aseo” - como gustan llamar las enfermeras (os) y auxiliares paramédicos a ese sagrado momento madrugador en que libran heroicamente a los recién operados de sus malos olores y pensamientos – sentí dos cosas. La primera, fue la angustiante certeza desolada de ser vulnerable e incapaz de limpiarme la r…. La segunda, un impresionante confort sanitario que me avergonzó.
Luego… luego me acostumbré. Hasta hice amistad con el equipo médico; cuando me fui por fin, hasta les regalé mis revistas para que leyeran de madrugada entre potos y cigarrillos fumados con prisa.
Pero no hay mejor lugar para agonizar que el hogar. En tu casa por último puedes escaparte al patio y echarle tres piteadas al pucho sin que suene una alarma. Casi inmediatamente baja tu mamá y te reta, pero por último, ella no tiene tantos conocimientos biológicos como las enfermeras, y termina más choreada porque la hiciste bajar la escalera. En la casa ya nada es para tanto.
Además está el ambiente.
En la clínica hay paisaje de clínica, olores de clínica, y lo peor… RUIDOS de clínica.
Ya al tercer día de mi “intervención quirúrgica”, o mi “tajeo” como me gusta llamarlo, la auxiliar me quitó la máscara de oxígeno. Celebré (interiormente, obvio) porque odié desde que lo escuché, ese ruidito a pulmón artificial que emitía la maquinita cada 10 segundos. Mi fiesta no duró mucho, pues el resto de los días seguí escuchando el ruido maraco porque, creo, todos los pacientes del Sanatorio menos yo estaban aún con la mascarita puesta. Todas las noches se ponían de acuerdo para darme un concierto de “inhala – exhala”. Qué poco compañerismo.
Otra cosa es que en tu casa el único moribundo eres tú. Al salir de pabellón ingresé a la Unidad de Cuidados Intermedios, donde yo y otros diez malafortunados agonizábamos al unísono. Qué desastre. Es para perder la voluntad de vivir, realmente. Al despertar de la anestesia mi primera imagen fue mi vecina de cama, a quien le habían hecho una traqueotomía. Después de haberla visto, pensé que me habían hecho lo mismo y me desesperé. Después caché que no todos estábamos en las mismas, menos mal.
Luego me llevaron a la habitación, vi a mi familia, a mis amigos, todos buscando conversa y tratando de ayudar cuando lo único que pueden hacer es observar cómo duermes y te quejas de las náuseas que te provoca la anestesia espinal. No falta el que te tira una talla y lo odias tanto, que sacas todas tus fuerzas, alzas el brazo y le levantas con furia el dedo del medio. Todos se ríen como si fuera graciosa la weá. ¡¡Estai viva!! te gritan los gueones.
Por eso y muchas cosas más, agradezco a todos aquellos amigos y parientes que no me fueron a ver a la clínica. A todos los que, antes que verme verde e hinchada, prefirieron conservar en sus mentes mi aspecto rozagante y vivo. Aunque, todos los que estuvieron en la pieza 304 esos días son seres tan queridos que agonizar frente a ellos no fue nunca tan terrible, simplemente tenía que pasar. Sí, les agradezco a ellos también.
He sobrevivido, queridos míos. Que es lo importante. Hoy comienza una nueva etapa, Oh, yes. Y ustedes estarán en ella.
Supongo que muchos de ustedes se habrán hecho alguna vez una operación, y se habrán sometido – débiles – al manoseo y la voluntad de quienes han estudiado para hacerse cargo de uno cuando estamos en estado de convalecencia.
No queda más que confiar, queridos amigos y parientes. Confiar a ciegas en las buenas intenciones de quien en plena madrugada te pide que “levantes el potito” y te enjabona las partes pudendas como si supiera que no tienes otra alternativa más que dejarle y, concluido el lavatorio, agradecerle por su pulcritud, por haberse cortado las uñas, o por no haber hecho ningún comentario… o por lo menos ninguno desagradable. En esos momentos de “aseo” - como gustan llamar las enfermeras (os) y auxiliares paramédicos a ese sagrado momento madrugador en que libran heroicamente a los recién operados de sus malos olores y pensamientos – sentí dos cosas. La primera, fue la angustiante certeza desolada de ser vulnerable e incapaz de limpiarme la r…. La segunda, un impresionante confort sanitario que me avergonzó.
Luego… luego me acostumbré. Hasta hice amistad con el equipo médico; cuando me fui por fin, hasta les regalé mis revistas para que leyeran de madrugada entre potos y cigarrillos fumados con prisa.
Pero no hay mejor lugar para agonizar que el hogar. En tu casa por último puedes escaparte al patio y echarle tres piteadas al pucho sin que suene una alarma. Casi inmediatamente baja tu mamá y te reta, pero por último, ella no tiene tantos conocimientos biológicos como las enfermeras, y termina más choreada porque la hiciste bajar la escalera. En la casa ya nada es para tanto.

Además está el ambiente.
En la clínica hay paisaje de clínica, olores de clínica, y lo peor… RUIDOS de clínica.
Ya al tercer día de mi “intervención quirúrgica”, o mi “tajeo” como me gusta llamarlo, la auxiliar me quitó la máscara de oxígeno. Celebré (interiormente, obvio) porque odié desde que lo escuché, ese ruidito a pulmón artificial que emitía la maquinita cada 10 segundos. Mi fiesta no duró mucho, pues el resto de los días seguí escuchando el ruido maraco porque, creo, todos los pacientes del Sanatorio menos yo estaban aún con la mascarita puesta. Todas las noches se ponían de acuerdo para darme un concierto de “inhala – exhala”. Qué poco compañerismo.
Otra cosa es que en tu casa el único moribundo eres tú. Al salir de pabellón ingresé a la Unidad de Cuidados Intermedios, donde yo y otros diez malafortunados agonizábamos al unísono. Qué desastre. Es para perder la voluntad de vivir, realmente. Al despertar de la anestesia mi primera imagen fue mi vecina de cama, a quien le habían hecho una traqueotomía. Después de haberla visto, pensé que me habían hecho lo mismo y me desesperé. Después caché que no todos estábamos en las mismas, menos mal.
Luego me llevaron a la habitación, vi a mi familia, a mis amigos, todos buscando conversa y tratando de ayudar cuando lo único que pueden hacer es observar cómo duermes y te quejas de las náuseas que te provoca la anestesia espinal. No falta el que te tira una talla y lo odias tanto, que sacas todas tus fuerzas, alzas el brazo y le levantas con furia el dedo del medio. Todos se ríen como si fuera graciosa la weá. ¡¡Estai viva!! te gritan los gueones.
Por eso y muchas cosas más, agradezco a todos aquellos amigos y parientes que no me fueron a ver a la clínica. A todos los que, antes que verme verde e hinchada, prefirieron conservar en sus mentes mi aspecto rozagante y vivo. Aunque, todos los que estuvieron en la pieza 304 esos días son seres tan queridos que agonizar frente a ellos no fue nunca tan terrible, simplemente tenía que pasar. Sí, les agradezco a ellos también.
He sobrevivido, queridos míos. Que es lo importante. Hoy comienza una nueva etapa, Oh, yes. Y ustedes estarán en ella.




